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Los aztecas y Cortez. Utiliza el poder de síntesis para desarrollar tu respuesta. Dilucida o reinterpreta la idea con tus propias palabras. Comenta la reflexión de alguno de tus compañerxs.

En el capítulo V del Espejo Enterrado,  Carlos Fuentes  articula la idea de qué la conquista de México significó victoria y derrota  tanto para los europeos  como para los indígenas. Que opinas?  (Páginas 19-22)

5. VIDA Y MUERTE DEL MUNDO INDÍGENA AMÉRICA fue una vez un continente vacío. Todos los pueblos que han pisado nuestras playas o cruzado nuestras fronteras, físicas o imaginarias, han venido de otra parte. Imaginemos, así, que hace 130,000 años, enormes masas de hielo se desplazaron en las regiones árticas, resultando en un descenso de los niveles del mar de Bering: una gran calzada continental se abrió entre Asia y América.

Sobre este puente, a pie, nómadas en pequeños grupos comenzaron a entrar en el hemisferio occidental hace 65,000 años (acaso sólo 30,000 años). Talladores, cazadores, cavernícolas, cazaron al mamut antes de su extinción. Recorrieron vastos espacios, de las montañas a los desiertos, a los valles y a las selvas. Y también encontraron conejos y venados, jabalíes y patos salvajes.

Pero entre 7500 y 2500 antes de Cristo, el descubrimiento de la agricultura los convirtió en cultivadores sedentarios reunidos en aldeas. El primer grano de maíz, en la mitología mesoamericana, fue descubierto por Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, el creador de la humanidad. Quetzalcóatl descubrió el maíz con la ayuda de una hormiga, y su triunfo contrastó vivamente con el fracaso de los demás dioses. Con razón se le honraba de tal manera en las sociedades mesoamericanas: creador del hombre, de la agricultura, de la sociedad aldeana.

Pues al principio nada había, dicen los más antiguos cantos del continente vacío: “Cuando era de noche, en la oscuridad, los dioses se reunieron…” y crearon a la humanidad: “Que haya luz”, exclama el libro de los mayas, el Popol Vuh, “que nazca la aurora sobre el cielo y la tierra. No habrá gloria hasta que exista la criatura humana”.

La humanidad nació del sacrificio. Cuando los dioses se unieron en la hora del primer amanecer de la creación, formaron un círculo alrededor de una vasta fogata. Decidieron que uno de ellos debería sacrificarse saltando al fuego. Un hermoso dios, arrogante y cubierto con joyas, mostró duda y temor. Un dios desnudo, enano y cubierto de bubas, se arrojó entonces a la conflagración y enseguida resucitó con la forma del sol. El dios hermoso, al ver esto, también saltó al fuego, pero su recompensa fue reaparecer como el satélite, la luna. Así fue creado el universo.

Si los dioses se habían sacrificado a fin de que el mundo y la humanidad existiesen, entonces con más razón la humanidad estaba obligada a arrojarse, de ser necesario, en las grandes hogueras de la vida y de la muerte. La necesidad del sacrificio era un hecho indudable en la sociedad indígena, no sujeto a discusión o escepticismo de cualquier tipo. Para los antiguos americanos, las fuerzas del universo eran una fuente constante de peligro, pero al mismo tiempo eran la fuente misma de la supervivencia que amenazaban. Esta ambigüedad se resolvió en el sacrificio, un hecho tan indudable para la sociedad indígena como lo es para nosotros la fórmula E = mc2. Pues del sacrificio dependía no sólo la continuidad de la vida, sino el orden mismo del universo. Los hombres y las mujeres eran vistos como cosas verdaderamente diminutas en el enorme escenario del cosmos. El universo mismo era materia endeble, sujeto a la vida y a la muerte, a la creación y a la destrucción, a la muerte y a la resurrección.

A medida que evolucionó de la aldea al centro ceremonial, a la ciudad y al imperio, el mundo aborigen de Mesoamérica, la región que se extiende del centro de México hasta Nicaragua, cultivó mentalmente un conjunto de creencias en cuyo centro se encontraba la idea de que el mundo había sido creado no una, sino diversas veces. Esta creencia, desarrollada por los aztecas en la leyenda de los Cinco Soles, nos es relatada en el calendario solar, donde el centro del disco lo ocupa la imagen del sol, que nos muestra la lengua, significando que el

sol brilla, y enmarcada por las cuatro direcciones que indican las cuatro creaciones previas del mundo y las catástrofes que sufrieron. El primer sol fue destruido por un jaguar; el segundo, por vientos feroces; el tercero, por lluvia incesante; el cuarto, por las aguas del gran diluvio. Actualmente vivimos bajo el Quinto Sol, nacido del sacrificio de los dioses y que sólo continuará brillando mediante el sacrificio de las criaturas de los dioses, los hombres y las mujeres.

Sólo el sacrificio podía mantener este mundo, el sol y en consecuencia la vida: del sacrificio dependía la continuidad de las cosas, la aldea, la familia, el trabajo, la agricultura, el maíz. Semejante concepción de la realidad naturalmente desembocó en el temor de que una catástrofe tan reciente, tan recordada por todos los pueblos aborígenes, podría repetirse en cualquier instante: el nombre de esta catástrofe sería la muerte del Quinto Sol. La naturaleza merecía tanto amor como temor. El tiempo debía ser conocido, pero también predicho. Y el poder debía dársele a quienes sabían, recordaban y predecían nuestro propio tiempo, dominando y apartando a las fuerzas destructivas de la naturaleza.

El nombre de la interpretación que explicaba esta realidad era el mito. Las fuerzas naturales y sobrenaturales, tan cercanas a la piel de todas las criaturas divinas, fueron llamadas dioses, la causa de todas las cosas. El tiempo y la muerte se convirtieron de esta manera en los ejes del mundo indígena, y los dioses, la causa eficiente de todo lo bueno y lo malo. Los elegidos de los dioses fueron aquellos capaces de escucharlos, predecir el tiempo y administrar la muerte, así en la guerra como en la paz. De esta manera, los reyes, los sacerdotes y los guerreros llegaron a dominar el espacio vacío de las Américas, ordenando erigir centros ceremoniales en los cuales se podían honrar estas verdades inalterables.

Como gigantescas sombras proyectadas por los fuegos de la creación, estas creencias acompañan el paso de las sucesivas civilizaciones mesoamericanas, desde los primeros cazadores, 6000 años antes de Cristo, a los inicios de la vida agrícola, al principio de la vida aldeana alrededor de 1500 antes de Cristo, a la aparición de la cultura madre de

los olmecas en la cuenca del río Papaloapan (el Río de las Mariposas), en la costa del Golfo de México alrededor de 900 años antes de Cristo. La cultura de la aldea subió enseguida del mar a las montañas y al pueblo zapoteca de Oaxaca, a los valles del México Central y a las primeras señales de la civilización maya, entre el siglo tercero antes de Cristo y el primero de nuestra era.

Las migraciones y los éxodos continuaron, acarreando siempre el terror de la catástrofe cósmica. La necesidad de responder tanto creativa como sacrificialmente a este temor persistió a lo largo de los 600 años de las culturas clásicas de Teotihuacan en el centro de México, Monte Albán en Oaxaca y la preparación del gran periodo de la civilización maya, que alcanzó su apogeo y enseguida se derrumbó, entre los años 600 y 900. El suspiro final de los mayas en Chichén Itzá, la vida y muerte de los toltecas en el centro de México, seguida por el ascenso de los aztecas a partir de 1325 y su caída en 1521 a manos de los españoles, cierran el ciclo histórico de las civilizaciones mesoamericanas, pero de ninguna manera, como lo veremos, su ciclo cultural.

Cada uno de estos grandes temas y certezas, que alimentaron y estructuraron el mundo indígena, son evidentes en sus magníficas construcciones, comparables a las de Mesopotamia y el Antiguo Egipto. Ante todo, la arquitectura indígena es, como lo revelan sus sitios físicos, respuesta a la cuestión de la naturaleza: un paisaje humano de altivos templos dedicados a los dioses. En Europa, el alma romántica le dio a esta cuestión su forma más moderna. De la naturaleza, Goethe dijo: “Vivimos dentro de ella pero somos ajenos a ella.” Quizás más dramáticamente, Hölderlin imaginó la angustia del primer hombre consciente de ser parte de la naturaleza, nacido de ella, pero, al mismo tiempo, separado, distinto de la naturaleza, obligado a distanciarse de ella a fin de sobrevivir y de identificarse. Con anterioridad al temor freudiano de quedar capturado adentro o desamparado afuera, los grandes templos de la Antigüedad mesoamericana revelan esta misma

inquietud de ser devorados por una naturaleza amenazante o de permanecer, a la intemperie, fuera de su abrazo.

Palenque es el ejemplo supremo de esta ambigua respuesta a la naturaleza. Hundido en

lo más profundo del abrazo de la selva de Chiapas, cada edificio parece esculpido a partir de la selva primigenia. Palenque llegó a su apogeo en el siglo VII y fue abandonado en el siglo XI, una vez más, a los apetitos de la naturaleza. Hoy, la magnífica serie de estructuras en Palenque, el Palacio, la Casa del Jaguar y los templos del Sol, de la Cruz y de las Inscripciones, nos parecen para siempre capturados entre las exigencias rivales de la selva y de la humanidad. En contraste, las ruinas de Monte Albán, en la gran ciudadela que domina el valle de Oaxaca, están separadas de la naturaleza de manera soberbia y aun abstracta. Monte Albán parece suspendido entre el cielo y la tierra, más cerca de las nubes y del firmamento que de cualquier raíz terrena. Pero entonces miramos por segunda vez el esplendor de Monte Albán y nos damos cuenta de que no es sino una elocuente evidencia visual de la equivalencia entre la construcción humana y el paisaje natural: la arquitectura es prácticamente la réplica de las montañas circundantes.

Esta segunda mirada nos permite dar respuesta a la cuestión inmediata que surge a la luz de esta altura cristalina. ¿Cuál fue la función de un espacio como éste? ¿Fue concebido como un centro ceremonial, como una fortaleza, como un santuario, como un monumento a los caídos en las guerras civiles que asolaron el valle de Oaxaca? ¿O se trata de un monumento a las grandes epopeyas del éxodo y la guerra que se encuentran en la raíz de la vida y el movimiento del continente vacío? En todo caso, las cuestiones constantes de la mentalidad indígena están implícitamente expresadas en Monte Albán: ¿Cuánto tiempo durará lo que hemos hecho? ¿Podemos construir algo que nos proteja de la destrucción?

La necesidad de dar respuesta a la naturaleza condujo naturalmente a una intensa preocupación con el hecho temporal, pero esta preocupación fue rápidamente desplazada por el poder de los hombres capaces de asegurar que el tiempo duraría, que el caos natural no volvería a imponerse.

Los murales de Bonampak, descubiertos apenas en 1949 en las selvas del sur de México, nos ofrecen una visión multicolor de un mundo de poder ritual. Presididos por las imágenes de un niño principesco al cual se le ofrece el poder futuro, los murales de Bonampak ofrecen un impresionante panorama del poder en el antiguo mundo americano. Como en una cinta cinematográfica, las procesiones de sacerdotes y sirvientes, de gobernantes y gobernados, nos permiten ver con claridad una organización del trabajo humano determinada por una casta emergente de príncipes y sacerdotes. A medida que las comunidades agrarias se convirtieron en ciudades-Estado y las ciudades se expandieron sobre territorios mayores mediante la guerra y la conquista, exigiendo tributo, cosecha y también mujeres, la civilización se organizó con el propósito de mantener a la burocracia, al sacerdocio y al ejército. Los murales de Bonampak desembocan en una visión cruel e implacable de la guerra: batalla, muerte y esclavitud. Pero también nos trasladan retrospectivamente a la imagen del futuro rey, el niño príncipe, santificado en el primer mural. Ese niño gobernará al mundo, y gobernará de la manera descrita y con los objetivos declarados de mantener la vida humana mediante la paradoja de la sangre derramada en la guerra y el sacrificio.

La necesidad de comprender el tiempo se volvió, así, fundamental en el mundo indígena, pues entender el tiempo significó entender la diferencia entre la supervivencia y la destrucción: dominar el tiempo fue sinónimo de asegurar la continuidad de la vida. Un poeta indígena expresó lo siguiente: “Los que tienen el poder de contar los días, tienen el poder de hablarle a los dioses.”

En Chichen Itzá, los astrónomos mayas establecieron un calendario solar preciso de 365 días simbolizados por la estructura de la gran pirámide. Nueve terrazas y cuatro escaleras representan los nueve cielos y los cuatro puntos cardinales. Cada escalera tiene 91 escalones, un total de 364, el número de los días del año, más la plataforma cumbre, 365, los días del año solar.

La más grande pirámide mesoamericana, el Templo del Sol en Teotihuacan, fue construida de tal manera que el día del solsticio estival el sol se pone precisamente enfrente de la fachada principal. La naturaleza y la civilización pueden celebrarse en el reflejo la una de la otra. Los toltecas, constructores de Teotihuacan, intentaron fundir este conjunto de

preocupaciones acerca del tiempo y la naturaleza, el poder y la supervivencia, en un principio moral y lo encontraron, una vez más, en la figura de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Quetzalcóatl, quien es objeto de diversas y a menudo contradictorias leyendas, puede ser visto como el creador de la vida humana, emergiendo lenta y difícilmente del caos y del miedo de los orígenes. Quetzalcóatl dio a los seres humanos sus utensilios y sus artes. Les enseñó a pulir el jade, a tejer la pluma y a plantar el maíz. El mito también le atribuye a Quetzalcóatl la invención de la agricultura, la arquitectura, la canción y la escultura, la minería y la orfebrería. El cuerpo de sus enseñanzas se identificó con el nombre mismo de los toltecas: el Toltecayotl o “Totalidad de la Creación”.

Quetzalcóatl se convirtió en el héroe moral de la Antigüedad mesoamericana, de la misma manera que Prometeo fue el héroe del tiempo antiguo de la civilización mediterránea, su libertador, aun a costa de su propia libertad. En el caso de Quetzalcóatl, la libertad que trajo al mundo fue la luz de la educación. Una luz tan poderosa que se convirtió en la base de la legitimidad para cualquier Estado que aspirase a suceder a los toltecas, heredando su legado cultural.

El Estado sucesor de los toltecas, y la nación final del antiguo mundo mesoamericano, fue el de los aztecas. La larga marcha de los aztecas desde los desiertos de Norteamérica, desde Arizona y Chihuahua hasta el centro de México, se fijó en la visión de un águila devorando a una serpiente sobre un nopal en una isla en un lago. Los aztecas fueron conducidos hasta este lugar por su feroz dios de la guerra, Huitzilopochtli, cuyo nombre significa “El Mago Colibrí”, y por su sacerdote, Tenoch. Cuando llegaron al sitio predestinado, fundaron su ciudad, Tenochtitlan, sobre las islas y pantanos de los lagos, en el año 1325. A la ciudad le añadieron un prefijo, México, que significa “el ombligo de la luna”. Es la más antigua ciudad viva de las Américas. De acuerdo con las crónicas, los aztecas eran despreciados por los habitantes previos del valle central, descendientes de los toltecas, quienes llamaron a los aztecas “el último pueblo en llegar”, “todos los persiguieron”, “nadie quería recibirlos”, “carecían de rostro”.

Esta ausencia de rostro contrastó con el perfil cultural definido y visible de los toltecas, la tribu de Quetzalcóatl, que había desaparecido misteriosamente, dejando detrás un conjunto de creaciones culturales, que el mundo indígena siempre consideró como su más valiosa herencia. De hecho, la designación misma de “tolteca”, era sinónimo de “artista”. Era la cultura del dios exiliado, Quetzalcóatl; era la herencia más alta y deseable del mundo indígena, y los aztecas, a medida que extendieron su poder en el valle central de México con los instrumentos de la guerra, la exacción y el sacrificio humano, se apoderaron también de la herencia cultural tolteca.

Necesitaban poder. También necesitaban legitimar su poder. Poder militar más legitimidad moral. Esta ecuación, que determinó la política de los aztecas, también enfrentó a dos dioses enemigos, Quetzalcóatl, dios de la creación y la hermandad, y Huitzilopochtli, dios de la guerra y de la conquista.

El arte y la moralidad toltecas le dieron a los aztecas el rostro que buscaban. Pero si la memoria y la identidad exigían esta identificación,

el poder y la legitimidad la combatían. En el siglo XV, Tlacaélel, hijo y hermano de reyes, pero que nunca aceptó la Corona para sí mismo, organizó por medios tradicionales lo que llegó a ser conocido como el Imperio azteca. Distribuyó tierras y títulos, organizó la administración, incluyendo el implacable sistema de tributos y de impuestos, inició conquistas que condujeron a los aztecas hacia el sur, hasta Guatemala, Honduras y Nicaragua. Tlacaélel también construyó el gran templo a Huitzilopochtli en la Ciudad de México, dedicando el poder de la nación azteca a los principios de la guerra y el sacrificio. Fue él, asimismo, quien ordenó que se quemasen los antiguos escritos de los pueblos derrotados por los aztecas, porque en ellos la nueva nación imperial era descrita como nación de bárbaros. Tlacaélel quemó la historia, pero esta burla digna de Orwell se hermanó con la ansiedad de ser siempre vistos como los herederos de Quetzalcóatl.

El panteón de las divinidades aztecas nos retrotrae, sin embargo, al caos, la fuerza y el terror que inevitablemente se apoderan del ser humano cuando se enfrenta al tiempo de los

orígenes. La figura central de este panteón es la diosa madre Coatlicue, “la de la falda de serpientes”. Cuadrada, decapitada, sin ataduras antropomórficas, Coatlicue ha sido creada a imagen y semejanza de lo desconocido. Los elementos de su decorado pueden ser llamados, separadamente, calaveras, serpientes, manos laceradas. Pero todos ellos se funden en una composición de lo desconocido. La Coatlicue no admite fisuras en su cuerpo. Ella es el monolito perfecto, la totalidad de lo intenso y de lo autocontenido.

De acuerdo con el mito, Coatlicue, la diosa de la tierra, fue preñada por una navaja de obsidiana, dando a luz a Coyolxauhqui, la diosa de la Luna, y una camada de hermanos, que se convirtieron en las estrellas. Pero un día, Coatlicue se encontró una pelota de plumas y la guardó celosamente en su seno.

Cuando la buscó, la pelotilla había desaparecido, pero Coatlicue, nuevamente, se encontraba preñada. Sus hijos, la Luna y las Estrellas, no le creyeron. Avergonzados de su madre, a la cual acusaron de promiscua, decidieron matarla. Una diosa sólo podía dar a luz una sola vez, en la nómina de las divinidades originales. ¿Qué podía seguir a la hazaña de darle vida a los dioses? ¿Qué monstruosidad? ¿Cómo podía haber segundos dioses? Pero mientras ellos intrigaban, Coatlicue dio a luz al fogoso dios de la guerra Huitzilopochtli, quien, auxiliado por una serpiente en llamas, se volvió en contra de sus hermanos, los asesinó en un ataque de rabia, decapitó a su hermana la Luna y la arrojó en un profundo barranco, donde el cuerpo de la mujer yace mutilado para siempre. El disco de la diosa de la Luna, descubierto en el Templo Mayor de México en 1977, ilustra este mito que, a su vez, revela la certeza de que el universo natural de los indios nació de la catástrofe. Los cielos, literalmente, se rompieron en pedazos, la Madre Tierra cayó y fue fertilizada en tanto que sus hijos fueron despedazados por el fratricidio y enseguida diseminados, mutilados, por todo el universo.

Pero la escultura de Coyolxauhqui y la de su madre Coatlicue son formas artísticas que, aunque nacidas de un mito, ya no cumplen una función religiosa. Se han convertido en parte de la imaginación artística, de tal manera que, más allá de sus orígenes sagrados, lo que hoy vemos es una composición artística moderna y ambivalente. La realidad se ha quebrado en varias partes, pero al mismo tiempo exige ser reunificada: ¿piden otra cosa las pinturas cubistas? Al imaginar a los dioses, estos escultores anónimos del universo indígena, igual que sus contrapartes góticas europeas, igualmente anónimos y también inspirados por la religión, crearon obras de arte intemporales, que pueden ser apreciadas fuera de su contexto religioso, en nuestro propio tiempo. La condición para lograrlo está enterrada en el corazón mismo de la creación artística. El verdadero artista no refleja la realidad: añade algo nuevo a la realidad.

Entre las piedras y las manos que les dieron forma, los artistas indígenas establecieron formas de comunicación que al cabo se volvieron

universales. André Breton vio en el arte y la vida de México una expresión del surrealismo. Mucho más concretamente, el escultor británico Henry Moore se inspiró en la figura reclinada del Chac Mool para darnos su espléndida serie de estatuas yacentes. Las estatuas de Moore se han convertido en una de las obras más representativas e inolvidables de la tradición moderna; ello no es ajeno a su conexión con una de las tradiciones más antiguas. Lo que Henry Moore dice de su propio arte, puede decirse de las grandes esculturas del México antiguo: si un escultor comprende el material con el cual trabaja, puede transformar un bloque de materia cerrada en una composición animada de masas que se expanden y se contraen, empujan y se confunden.

Capturadas entre el puro aire y el dinamismo de la piedra, estas esculturas son el producto de una pluralidad de realismos, una multiplicidad de visiones que, al manifestarse como obras de arte, son todas igualmente “reales”. Las colosales cabezas olmecas tienen rasgos llamativamente negroides, al grado de que muchos se han preguntado si el Caribe originalmente fue poblado por inmigrantes africanos. Pero su realidad artística nos obliga a preguntamos qué cosa es más importante, ¿el probable trasfondo religioso y étnico del arte, o su presencia contemporánea entre nosotros? Finalmente, ninguna faceta de este arte excluye a las demás: la realidad es múltiple.

Durero, el pintor alemán, fue el primer artista europeo en ver las obras de los aztecas cuando llegaron a Bruselas en 1520, en la Corte flamenca de Carlos I. “He visto las cosas que

le fueron enviadas al rey desde las tierras doradas”, anota en su Diario de viaje a los Países Bajos. “Son una maravilla para la mirada”, añade, concluyendo: “jamás en mi vida he visto algo que me llene de mayor felicidad”. Más de tres siglos después, otra vez en Bruselas, Charles Baudelaire observaría los grabados de las esculturas aztecas, llegando a la conclusión de que pertenecían a un “arte bárbaro”, bárbaro en el sentido de ser totalmente ajenas al concepto de la personalidad humana.

Y, sin embargo, por debajo y por encima, pululando cerca de los dioses, los sacerdotes y los guerreros, existía en Mesoamérica toda una sociedad, vivaz y sensible, circulando alrededor de las pirámides y creando los valores de la continuidad cultural en las Américas. Esta tradición habría de convertirse en una de las más fuertes realidades con las que estas sociedades darían respuesta al encuentro con Europa.

Cuando miramos los grandes monumentos del pasado indígena y tratamos de comprender tanto su belleza como su función política, nos sentimos tentados de preguntar, junto con el poeta Pablo Neruda, “¿Piedra en la piedra, pero el hombre dónde?” Quizás la respuesta se encuentre en la existencia misma de los diversos artefactos de la cultura popular creados por los pueblos mesoamericanos, al nivel de la aldea y a lo largo de miles de años. La humanidad se encuentra en las caritas sonrientes, acaso burlonas, de los olmecas; en la alegría y los juegos de las figuras que a nosotros nos parecen como de luchadores, acróbatas y hasta jugadores de beisbol; en el hincapié dado a la continuidad simbólica de la vida en las figuras de viejos, mujeres fértiles y niños. Quizás la humanidad se encuentre sobre todo en la elegancia y la finura infinitas de las figuras de Jaina en Yucatán: mujeres, oradores, vendedores, labriegos, mendigos y mentirosos. Todos los caracteres de la vida diaria fueron diseñados, ubicados y dotados de presencia, a lo largo de los siglos. Acaso la belleza eterna de este arte y de quienes lo hicieron se encuentre mejor preservada en los objetos más frágiles, en la cerámica, los vasos, los utensilios y las representaciones estilizadas de los animales y de los pájaros. El magnífico zoológico de los primeros olmecas ha quedado fijado en las figuras de patos, cocodrilos, monos, tapires, armadillos y jaguares. La figura del jaguar se pasea a lo largo y a lo ancho del México indígena, en contrapunto con los deliciosos perritos olmecas, los loros y las tortugas de las culturas occidentales, los misteriosos murciélagos zapotecas, los chapulines aztecas y los peces totalmente estilizados, casi abstractos y dignos de Brancusi, provenientes de Tlatilco.

Todo ello representa la continuidad de la cultura popular, y la encontramos encarnada hoy en las actitudes y en la dignidad de sus descendientes contemporáneos, así como en la producción incesante de sus artesanos.

Ésta es la respuesta popular al poder de los dioses y los potentados, los valores de la comunidad, el amor a la tierra y a la naturaleza, el trabajo y el respeto mutuo. Pues aun cuando sus ciudades misteriosamente decayeron y desaparecieron, el pueblo sobrevivió. Y aun, quizás con mayor misterio, sobrevivió su arte, a pesar de no ser un arte popular o humanista, para nada, sino más bien una celebración asombrosa y sobrenatural de lo divino, de la muerte y del tiempo.

En el nombre de Quetzalcóatl, la sociedad azteca mantuvo vivo el culto de la vida a través de sus sistemas de educación, que eran universales y obligatorios; mediante las exhortaciones dichas en bodas, nacimientos, muertes y elecciones. El poeta azteca, pero también los padres y las madres dirigiéndose a sus hijos, los novios hablándoles a sus novias, los vivos dirigiéndose a sus muertos, o los ancianos eligiendo a sus reyes, hablan todos de la Tierra como un lugar de felicidades melancólicas, felicidades que hieren, la Tierra como un lugar misterioso y hostil, donde la vida es un sueño, todo pasa y sólo la muerte es cierta. Pero esto no es razón para desesperar, pues todos poseemos los dones de la risa, el sueño, la cocina, la salud y, finalmente, el acto sexual, celebrado como “semilla de los pueblos”.

Quetzalcóatl fue el principio dador de vida de la sociedad azteca, en oposición a Huitzilopochtli, artífice de la guerra y de la muerte. Tan importante para el mundo indígena como Prometeo o Ulises para el mundo mediterráneo, o Moisés para la cultura judeocristiana, Quetzalcóatl también fue un exiliado, un viajero, un héroe que se fue y prometió regresar.

Como los otros, su mito vive a través de múltiples versiones y metamorfosis, pero trascendiéndolas y enriqueciéndolas todas.

Los grandes festivales del mundo azteca no eran sino la expresión externa, ceremonial, de un tiempo en el que la naturaleza y el destino se daban la mano, eran vividos como mito y, como mito, no sólo representados sino vitalmente creídos. Ningún ejemplo mejor que el de una de las versiones de la leyenda de Quetzalcóatl, transmitida al padre Bernardino de Sahagún en México por sus informantes indígenas. De acuerdo con esta versión del mito, uno de los dioses menores del panteón indígena, un Puck oscuro y eternamente joven llamado Tezcatlipoca, cuyo nombre significa “El Espejo Humeante”, les dijo a los otros demonios: “Visitemos a Quetzalcóatl, y llevémosle un regalo.” Se dirigieron al palacio del dios en la ciudad de Tula y le entregaron el regalo, envuelto en algodón.

“¿Qué es?”, se preguntó Quetzalcóatl mientras desenvolvía el obsequio.

Era un espejo. El dios se vio reflejado y gritó. Creía que, siendo un dios, carecía de rostro. Ahora, reflejado en el espejo enterrado, vio su propio rostro. Era, después de todo, la cara de un hombre, la cara de la criatura del dios. Así, Quetzalcóatl se dio cuenta de que al tener un rostro humano, debía, también, tener un destino humano.

Los demonios nocturnos desaparecieron vociferando alegremente y Quetzalcóatl, esa noche, bebió hasta el estupor y fornicó con su hermana. Al día siguiente, lleno de vergüenza, se embarcó en una balsa de serpientes navegando hacia el Oriente. Prometió que regresaría en una fecha fija, Ce Ácatl, el día de la caña en el calendario azteca.

Cuando los tiempos del destino y la naturaleza coincidían bajo un símbolo de pavor, el universo indígena era sacudido hasta las raíces y el mundo entero temía perder su alma. Esto es exactamente lo que ocurrió cuando, después de una espantosa serie de augurios, el capitán español Hernán Cortés desembarcó en la costa del Golfo de México, el Jueves Santo de 1519.

El regreso de Quetzalcóatl

Llegó en el tiempo previsto: Ce Ácatl, el año Uno Caña, precedido por un año de portentos en el mundo azteca. Las aguas del lago sobre el cual estaba construida la ciudad de Tenochtitlan se agitaron formando inmensas olas, derrumbando casas y torres. Los cometas recorrieron durante largas horas los cielos. Los espejos reflejaron un cielo lleno de estrellas en pleno mediodía. Extrañas mujeres deambularon por las calles a la medianoche, lamentando la muerte de sus hijos y la pérdida del mundo. Aun los aliados más cercanos del emperador azteca, Moctezuma, después de observar el firmamento noche tras noche, admitieron que las profecías estaban a punto de cumplirse; que el mar, la montaña y el aire mismo temblaban con premoniciones. Quetzalcóatl iba a regresar.

La profecía del dios rubio y barbado iba a convertirse en realidad. Tan seguro estaba de ello el rey de Texcoco, que abandonó su reino, despidió a sus ejércitos y le recomendó a sus súbditos disfrutar del poco tiempo que les quedaba. Y el emperador Moctezuma, quien rara vez repetía el uso de su ropa y era atendido por una multitud de doncellas, inició una larga penitencia, barriendo su propio palacio con una escoba y vestido sólo con taparrabos, mientras los augurios del desastre se acumulaban sobre la ciudad aterrada. ¿Estaba acaso terminando el tiempo del Quinto Sol?

La angustia de Moctezuma tuvo un alivio pasajero cuando un mensajero llegó desde la costa y le dijo al rey que desde el Oriente se habían acercado casas flotantes, y en ellas se veían hombres vestidos de oro y plata, y montados sobre bestias con cuatro patas. Estos hombres eran blancos, barbados, algunos de ellos incluso rubios y de ojos azules. Moctezuma suspiró. Había terminado el tiempo de la angustia. Los dioses habían regresado. La profecía se había cumplido.

“Mi lengua” Pero Hernán Cortés no se veía a sí mismo como un dios. Él era un hombre y su voluntad de

acción le movía a actuar de manera humana, empleando hasta el extremo su sagacidad y su información. En la primavera de 1519 Cortés había zarpado de Cuba con una expedición de once navíos. A bordo viajaban 508 soldados, 16 caballos y varias piezas de artillería. El Jueves Santo, ancló sus barcos frente a la costa del Golfo y fundó la ciudad de Veracruz, en nombre del emperarlor Carlos V. Pocos días más tarde, otro emperador, Moctezuma, recibió las noticias de la costa. ¿Quién era este capitán español, que repentinamente se vio tratado como un dios?

Al llegar a México, Cortés contaba con apenas 34 años de edad. Había nacido en la ciudad de Medellín, en la provincia de Extremadura, donde su padre había combatido a los moros durante los años finales de la Reconquista. Ahora, Cortés el Viejo era el modesto propietario de un molino, un viñedo y un colmenar. Junto con su esposa, la madre de Cortés, descrita como mujer “honesta, religiosa, recia y escasa”, logró ahorrar lo suficiente para enviar a su hijo a la Universidad de Salamanca, donde Hernán Cortés fracasó como estudiante, pero leyó las novelas de caballería y escuchó las fabulosas crónicas del descubrimiento de América. Su cabeza se llenó para siempre con el sueño del Nuevo Mundo.

A los 19 años, viajó a las Indias donde se convirtió en un terrateniente modestamente rico. Pero Cortés no había venido al Nuevo Mundo para repetir el destino de su padre en el Viejo Mundo. Había venido a hacerse su propio destino: un destino de poder, riqueza y gloria, adquiridos no mediante la herencia, sino mediante la decisión personal, asistida por un poco de buena suerte. Perfecta mezcla maquiavélica de la voluntad y la fortuna, Hernán Cortés habría de convertirse en una de las grandes figuras del Renacimiento europeo, al embarcarse en una de las grandes epopeyas de todos los tiempos: la conquista del Imperio azteca.

Al principio, hubo escaramuzas constantes con las tribus de la costa. Sus caciques pronto se dieron cuenta de que los extranjeros, quienesquiera que fueran, no eran fáciles de derrotar en el campo de batalla. Venían armados de relámpagos, mandaron decir los informadores indios, y

escupían fuego. Los caciques les entregaron regalos de oro y otros objetos preciosos para contentarlos. Pero un día, le fue presentado a Cortés un tributo bien distinto: un obsequio de veinte esclavas llegó hasta el campamento español y entre ellas, Cortés escogió a una.

Descrita por el cronista de la expedición, Bernal Díaz del Castillo, como mujer de “buen parecer y entremetida y desenvuelta”, el nombre indígena de esta mujer era Malintzin, indicativo de que había nacido bajo signos de contienda y desventura. Sus padres la vendieron como esclava; los españoles la llamaron doña Marina, pero su pueblo la llamó la Malinche, la mujer del conquistador, la traidora a los indios. Pero con cualquiera de estos nombres, la mujer conoció un extraordinario destino. Se convirtió en “mi lengua”, pues Cortés la hizo su intérprete y amante, la lengua que habría de guiarle a lo largo y alto del Imperio azteca, demostrando que algo estaba podrido en el reino de Moctezuma, que en efecto existía gran descontento y que el Imperio tenía pies de barro.

Gracias a la Malinche, Cortés descubrió que un gran rey llamado Moctezuma vivía en una magnífica ciudad en la montaña. Se le dijo que los ejércitos de este rey, alineados en un campo, lo cubrirían como las olas del mar. Treinta reyes vasallos le rendían tributo, pero odiaban a Moctezuma y podían ser persuadidos de cambiar sus alianzas si alguien más poderoso que los aztecas se lo solicitaba. Los aztecas habían conquistado a la mayor parte de los pueblos de la América central, pero su dominación se basaba en el terror, no en el apoyo del pueblo, y algunos reinos, como el de Tlaxcala, habían logrado mantener su independencia, batallando constantemente contra el poder de México, y preparándose para el tiempo de las venganzas.

Cortés no tardó en tomar una decisión. Marcharía hasta la Gran Tenochtitlan a ver a Moctezuma, y aprovecharía el descontento del pueblo en su favor. Pero si el capitán estaba listo para marchar, sus tropas eran de pareceres distintos. Las escaramuzas habían causado bajas. Empezaban a faltar el pan, la sal y el tocino. Algunos temían el frío de las montañas, otros se quejaban del peso de las armas. Pero

Cortés se negó a dar la vuelta y regresar con las manos vacías. Sabía bien que los soldados españoles estaban divididos entre el deseo de la fama y el dinero, y el miedo de la derrota y la muerte.

—Somos sólo quinientos —le hicieron notar a Cortés. Y él respondió: —Entonces nuestros corazones serán doblemente valerosos. —Nos estamos muriendo de fiebres y ataques de indios —se quejaron otros. —Entonces enterremos a los muertos de noche para que nuestros enemigos crean que

somos inmortales. —Regresemos a Cuba. Embarquémonos de vuelta —otros exclamaron en franco motín. —Pero ya no hay naves —contestó Cortés—, las he barrenado. No tenemos más camino

que hacia arriba, ya no hay marcha atrás. Debemos ir hasta México y ver si este gran Moctezuma es tan grande como dice ser.

Los soldados vitorearon a Cortés, lo aclamaron como su capitán e iniciaron la gran marcha hacia la ciudad de Moctezuma. En el camino, Cortés tuvo que probar que era no sólo un conquistador militar, sino un cristiano que extendería la fe en Cristo y destruiría la abominable idolatría de los indios paganos. En Cholula, el gran panteón de los dioses del Imperio azteca, el capitán español destruyó las estatuas y ensangrentó al pueblo, invocando razones tanto religiosas como políticas: Marina le había informado que los sacerdotes paganos de Cholula conspiraban para asesinar a los españoles.

Entre sus deberes como soldado de la cristiandad y la ilusión indígena de que Cortés era un dios, el capitán español hubo de afirmar, finalmente, su identidad verdadera. Pero si su imagen divina comenzó a desteñirse, su habilidad militar se reafirmó en las batallas contra las fuerzas de Tlaxcala, en las afueras de la Ciudad de México. Los valientes

tlaxcaltecas, ferozmente independientes del poder de Tenochtitlan, no querían cambiar una dominación por otra. Desafiaron a Cortés pero fueron aplastados una vez más, a pesar de su número superior, por la avanzada tecnología de los europeos.

La gran recompensa para Cortés y los españoles llegó el día en que finalmente miraron la maravillosa vista de la ciudad en el lago. “Nos quedamos admirados”, escribió Bernal Díaz, “y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís… Y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no se cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos”.

Entonces Moctezuma avanzó por la gran calzada que conducía a la ciudad para recibir a los españoles, fijo en su creencia de que Cortés era el dios Quetzalcóatl: “Bienvenido. Te hemos estado esperando. Ésta es tu casa.”

Cortés y Moctezuma

Rara vez se ha dado un encuentro de personalidades tan contrastantes en la historia. Fue el encuentro entre un hombre que lo tenía todo y un hombre que nada tenía. Un emperador comparado con el sol, cuyo rostro estaba vedado a sus súbditos, y poseedor del título de Tlatoani, que significa “el de la gran voz”. Y un soldado sin tesoro más grande que su ingenio y su voluntad. Pero a Moctezuma lo gobernaba la fatalidad: los dioses habían regresado. En tanto que a Cortés lo gobernaba su propia voluntad. El español alcanzaría sus metas en contra de todos los obstáculos.

Pronto descubrió que Moctezuma tenía recámaras en su palacio donde hasta las paredes eran de oro. Cortés pagó la hospitalidad del monarca indígena tomándolo prisionero y derritiendo el oro. En todas partes mandó destruir los ídolos y en su lugar erigió altares cristianos. Y su

lugarteniente, Pedro de Alvarado, después de hacerle trampas a Moctezuma en el juego de dados, perpetró la matanza de una población desarmada y desnuda en el festival religioso de Tlatelolco.

¿Eran éstos realmente dioses? Finalmente, el pueblo mexicano dijo que no. Eran invasores extranjeros crueles y codiciosos, y podían ser derrotados. Durante la batalla de la Noche Triste, la insurrección indígena, encabezada por el sobrino de Moctezuma, Cuauhtémoc, arrojó a los españoles fuera de Tenochtitlan. Muchos se ahogaron en los canales tratando de escapar con las bolsas llenas de oro. El propio Cortés se sentó al pie de un árbol y lloró. Pero construyó barcos en el lago para reiniciar el ataque y regresó,

convencido de que la ecuación de información más tecnología superiores acabaría por garantizar el triunfo europeo.

Los aztecas, bajo Cuauhtémoc, combatieron valerosamente. Pero el suyo era un mundo sagrado cuya caída había sido profetizada por los libros de la memoria.

“Preparaos, oh hermanitos míos, pues el blanco gemelo del cielo ha llegado, y castrará al sol, trayéndonos la noche, y la tristeza, y el peso del dolor.”

Tales eran las palabras del libro maya del Chilam Balam de Chumayel.

Después de un sangriento sitio, en 1521, Cortés finalmente sometió a la capital azteca. Fue, en las palabras de Hugh Thomas, una de las grandes batallas de la historia. Pues no sólo destruyó el más grande centro del poder indígena y religioso en Norteamérica hasta aquel tiempo. También escenificó, en las figuras de Cortés y Moctezuma, uno de los grandes choques entre civilizaciones opuestas que el mundo jamás haya visto.

La Conquista de México fue algo más que el asombroso éxito de una banda de menos de seiscientos soldados europeos frente a un imperio teocrático. Fue la victoria de los otros indios en contra del soberano

azteca. Fue la victoria del mundo indígena contra sí mismo, puesto que los resultados de la Conquista significaron, para la mayor parte de los indígenas, exterminio y esclavitud. Pero también fue, como habremos de ver, una derrota del propio conquistador. ¿Se entenderá algún día la Conquista de México como una derrota del vencedor y del vencido, a fin de poderla considerar, al cabo, como una victoria de ambos? Aun cuando los españoles comprobaron, más allá de toda duda, que no eran dioses sino seres humanos rapaces y crueles, Moctezuma se negó a abandonar su aceptación fatal de la divinidad española. Si el rey era un prisionero, sus carceleros tenían que ser dioses. Si Moctezuma y su pueblo eran despojados, los dioses sólo tomaban lo que era suyo. Cuando finalmente fue apedreado a muerte por su propio pueblo, en junio de 1520, Moctezuma debió aceptarlo como un capítulo más de la fatalidad. El rey azteca sabía bien que el poder no se compartía con los dioses. Moctezuma y sus predecesores se habían sentado solos en la cima de la pirámide de México durante doscientos años. Ignoraban muchas cosas pero no que en México el poder se ejerce verticalmente y lo ejerce un solo hombre. No hay lugar para más de uno en el pináculo de la pirámide mexicana. Esto es tan cierto hoy como lo era en 1519.

Cuando Moctezuma y su Imperio se hundieron en las aguas sangrientas de la laguna, el tiempo original del mundo indígena desapareció para siempre, sus ídolos rotos y sus tesoros olvidados, enterrados todos, al cabo, bajo las iglesias barrocas cristianas y los palacios virreinales. Pero por encima de este drama siempre se puede escuchar, como un murmullo en la historia, las voces de los conquistados y de los conquistadores.

Todas las sociedades indígenas de las Américas, a pesar de sus múltiples fallas, eran civilizaciones jóvenes y creativas. La Conquista española detuvo su movimiento, interrumpió su crecimiento y las dejó con un legado de tristeza, elocuente en las visiones de los vencidos, recopiladas por Miguel León-Portilla. La tristeza de los acontecimientos fue cantada por los poetas en harapos del mundo indígena derrotado:

¿A dónde iremos ahora, amigos míos? El humo se levanta, la niebla se extiende. Llorad, mis amigos. Las aguas están rojas.

Llorad, oh, llorad, pues hemos perdido a la nación azteca.

El tiempo del Quinto Sol había terminado.

Acaso los propios conquistadores podían hacerse eco de estas palabras, pues lo que primero habían admirado, enseguida lo habían destruido. Pero cuando todo había terminado, cuando el emperador Moctezuma había sido silenciado por su propio pueblo, cuando el propio conquistador, Hernán Cortés, había sido silenciado por la Corona de España que le negó poder político en recompensa a sus hazañas militares, quizás sólo la voz de la Malinche permaneció. La intérprete, pero también la amante, la mujer de Cortés, la Malinche estableció el hecho central de nuestra civilización multirracial, mezclando el sexo con el lenguaje. Ella

fue la madre del hijo del conquistador, simbólicamente el primer mestizo. Madre del primer mexicano, del primer niño de sangre española e indígena. Y la Malinche parió hablando esta nueva lengua que aprendió de Cortés, la lengua española, lengua de la rebelión y la esperanza, de la vida y la muerte, que habría de convertirse en la liga más fuerte entre los descendientes de indios, europeos y negros en el hemisferio americano.

Cristóbal Colón. Grabado de Theodor de Bry

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Los aztecas

De dónde vienen, quiénes eran Los Aztecas…

El origen de los mexicas se sitúa entre los grupos hablantes de náhualt del norte del actual México y antecesores de los grupos asentados durante la llamada etapa chichimeca.

Los chichimecas eran pueblos del norte de México , grupos cazadores-recolectores , y considerados bárbaros por los aztecas.

Provenían del norte de México, era nómadas, hablaban la lengua náhualt y se hicieron llamar mexicas.

Los antiguos aztecas partieron desde Aztlán (el nombre que le van a dar al área que es hoy California y Texas) en busca del nopal y la serpiente . Eran nómadas y no se asentarían hasta encontrar la tierra del nopal mágico: un nopal de piedra. Un nopal sagrado. Arriba del nopal deberían encontrar tres flores rojas, sobre sus pencas, un águila comiéndose una serpiente. La serpiente representa lo terrenal y el águila lo espiritual. Cuando la encuentren, les dijo su dios Huitzilochtli convertido en colibrí, que debían establecerse allí.

Encuentran en un islote del lago Texcoco el águila sobre el nopal. Allí fundan su ciudad en el año 1325 que llaman Tenochtitlán

Empiezan a formar ciudades y conquistar a las tribus vecinas hasta hacerse con todo el valle.

La ciudad llega a parecerse a la Venecia nuestra, con islotes o chinampas unidos por puentes y calzadas. Una tecnología que aún hoy se utiliza

El sistema de chinanpas -los cultivos flotantes- fue aplicado originariamente en el lago Chalco, con tanto éxito que continuaron en la laguna Texcoco. Se basan en la construcción de islas artificiales de vegetación. Interesantemente, en el Lago Titicaca de dónde proceden los primeros incas, también usaban islas flotantes para cultivar

SOCIEDAD AZTECA

La sociedad azteca estaba dividida en dos clases: plebeyos y nobles y en una subclase : los esclavos, cuyo estado era similar al de un criado contratado.

La sociedad estaba compuesta por los nobles de nacimiento : hijos del primer gobernante azteca; los sacerdotes y los que se habían ganado el derecho a serlo, como por ejemplo los guerreros o comerciantes enriquecidos. Los nobles se llamaban a veces los pipiltin

La nobleza también llamados Pipiltin

Era el grupo que poseía los mayores privilegios

Los lideres aztecas a veces se volvían dioses para sus seguidores. Ahuízotl no solo fue un gran guerrero, sometió prácticamente a todo el centro y sur de México, con Guatemala incluida, desde el Golfo de México hasta el océano Pacífico. También fue un fuerte líder religioso, un buen diplomático y hasta un reputado economista, ya que supo convencer y comerciar con los pueblos vencidos, abriendo las puertas del imperio a pueblos más alejados.

Sus logros en la expansión del imperio mexica llevaron a algunos historiadores a conferirle el epíteto de “Ahuítzotl el Grande” o “el león del Anáhuac

Itzcoatl (Serpiente de Obsidiana), fue el 4º soberano azteca y primer emperador. Es el único gobernante azteca que ostenta el titulo de Cemanáhuac tepehua que quiere decir " Conquistador del mundo. " Decidido a terminar con la esclavitud de su pueblo, se alzo en armas contra el imperio mas poderoso de la época, los tepanecas y su tirano rey Maxtla en 1430 logrando la increíble hazaña de conquistarlos. El victorioso Itzcóatl y sus aliados impusieron un nuevo orden político en la cuenca de México, se crearon nuevos títulos de nobleza y las tierras recién capturadas fueron distribuidas .

Cuando Moctezuma II llegó al poder, el llamado imperio mexica prácticamente había alcanzado su máxima extensión, por lo que su labor consistió sobre todo en mantenerlo y reforzarlo. Fue un emperador soberbio, que se autonombró semi divino, nadie podía verle al rostro inmediatamente, ni tocarle. Tuvo grandes cualidades y muchos defectos. En su misma época fue catalogado traidor, ya que tuvo una serie de premoniciones. Incluso sacerdotes místicos le describieron paso a paso los sucesos que vendrían. Él no hizo caso, solo se consumió en el miedo y no se preparó para lo que le vendría , la destrucción de Tenochtitlán.

Curiosamente en México hay monumentos a todos los reyes excepto a Moctezuma II

Tlacaélel ("el de corazón varonil“), es probablemente el personaje más importante de la historia de los mexicas

Fue un guerrero, pensador, economista, estadista y reformador religioso. Ejerció como consejero y muy efectivamente, como el poder tras el trono del señorío mexica, durante cincuenta años (1428-1478), según la historiografía actual. Fue consejero de tres tlatoanis: Itzcóatl, Moctezuma Ilhuicamina y Ahuízotl

Con él nació la visión mística guerrera del pueblo azteca que se consideró la nación elegida del sol. Ésta nueva reforma que Tlacaélel aplicó, fue una reforma ideológica que regía sobre todo el poder mexica, y así, hizo quemar todos los códices de los pueblos derrotados y los reemplazó por códices mexicas, que ahora eran instrumentos de dominación en vez de instrumentos históricos. Para mantener “felices y vivos” a los dioses se realizaron numerosos sacrificios de prisioneros de guerra.

Los mercaderes, llamados Pochtecas, eran de gran importancia para la ciudad; incluso llegaron a rivalizar en riquezas y poder a los nobles.

Los mercaderes aztecas dedicados al comercio exterior. Aunque ellos existieron desde tiempos muy remotos, su importancia se acrecentó a partir de la extraordinaria pujanza económica del imperio; a la metrópoli azteca fluía toda clase de productos procedentes de regiones a veces distantes, obtenidos gracias a las negociaciones de los pochtecas o en concepto de tributos que se imponían a los pueblos sojuzgados. La importancia de estos mercaderes llego a equipararse con la de los nobles. Gozaban de protección real y en ocasiones eran tan poderosos que a veces hacían la guerra por su propia cuenta.

Además, los pochtecas no solo se dedicaban al comercio sino también al espionaje.

“Tenían un sólido monopolio del comercio inter-regional y desempeñaban un papel indispensable en el mantenimiento de un flujo constante de las materias primas requeridas.

Los mercaderes

El mercader de larga distancia se conocía como Pochteca entre los aztecas, denominación dada a los comerciantes que se relacionaban con pueblos fuera de las fronteras del imperio azteca

Dentro del grupo de los mercaderes había rangos distintos, de los cuales se distinguen cinco:

1 funcionarios de rango superior, los que habitaban uno o varios de los barrios de Tenochtitlán y Tlatelolco: -asignaban a otros el vender el producto y luego se repartían las ganancias-

2.Mercaderes de esclavos, eran los mayores y principales mercaderes, su riqueza residía en sus hombres. 3 Mercaderes reales, o noble viajero, se trataba de comerciantes reales, que intercambiaban productos por cuenta del soberano y para ellos mismos. 4 Mercaderes espías que se encargaban de entrar en el territorio enemigo con conocimiento de la lengua, haciéndose pasar por nativos, simulando intercambiar productos para obtener información relevante y mantener informado al emperador. 5 Los oztomecas o mercaderes ambulantes.

A los plebeyos se les otorgaba la propiedad vitalicia de un terreno en el que construían su casa.

La mayor parte de la población eran artesanos, agricultores, servidores públicos, que ocupaban un puesto destacado en la sociedad y se organizaban en grupos de parentesco llamados calpulli,

( una especie de barrio, clan )

Los calpulli también llamados Casa Grande, eran un grupo de poder o unidad socioeconómica muy significativa y poderosa. Eran la base de la estructura social y los unía un antepasado común. Las tierras que poseían y que se heredaban, se repartían anualmente entre las familias que los constituían.

Igualmente había un grupo de plebeyos, pero de más bajo nivel, a quienes no se les permitía tener propiedades y debían ser campesinos y arrendar las tierras.

Los plebeyos

En los calpullis era obligatorio la construcción de una escuela. Es decir, no sólo se trabajaba y explotaba talentosamente la tierra con un criterio comunitario, sino que además, se ejecutaba un esfuerzo por la educación, la única forma de crecer armónica y equitativamente.

Escuela azteca

Los plebeyos, conocidos genéricamente como macehualtzin, asistían al telpochcalli.

La edad para entrar al tepochcalli era a los 15 años. Era la escuela de los plebeyos. Allí tenían que cumplir con las siguientes labores: barrer, limpiar el telpochcalli, poner lumbre y hacer servicios de penitencia. Era una disciplina muy dura, si les encontraban borrachos, los mataban.

Loa aztecas fueron la primera civilización en América en imponer la educación obligatoria .

El Calmecac La escuela de los nobles

El Calmecac (del náhuatl calli 'casa', mecatl 'morador' y -c 'lugar') era la escuela para los hijos de los nobles aztecas. También ingresaban a los 15 años.

En esta escuela se les entrenaba para ser sacerdotes, guerreros de la élite, jueces, senadores, maestros o gobernantes, educándolos en historia, astronomía y otras ciencias, la medición del tiempo, música, filosofía y religión.

La escuela funcionaba como un internado, donde los jóvenes vivían, dormían y comían.

Las niñas aprendían labores caseras, pero en sus casas, sobre todo a hilar, que empezaban a los cuatro años y a cocinar a los doce.

En la sociedad azteca todos los ciudadanos trabajaban en algo

EL mercado

En los mercados se practicaba un activo comercio sustentado por el trueque, usando las semillas de cacao como cambio para igualar diferencias. El precio de las mercaderías variaba según la cantidad existente.

Aztecas en el mercado, pintura de Diego Rivera, famoso pintor mexicano del siglo 20

Los granos de cacao se usaban como moneda. Así, con cuatro granos se podía comprar un conejo; con 10, la compañía de una dama, y con 100, un esclavo .

Las artes

El color es fundamental en la pintura. Se trata de un color plano, sin matices ni sombras, posiblemente con connotaciones simbólicas. Aparece ligada a la arquitectura, decorando los edificios.

Los pigmentos para teñir los géneros eran de origen natural: el índigo, por ejemplo, provenía de una planta indigófera y el rojo o púrpura se extraía de un tipo de caracol, y de la cochinilla, un insecto. Usaban una paleta de cinco colores: negro, blanco, ocre, azul y rojo y no los mezclaban.

Mural de Diego Rivera, donde se pueden ver como teñían las telas y obtenían los colores.

La serpiente es el animal más emblemático del arte azteca

Los artesanos

Artesanos en Tenochtitlán, Diego Rivera

Los adornos hechos con plumas tuvieron gran importancia en América Central. Con ellas se hacían tapices y adornaban mantas, máscaras rituales, escudos o trajes de guerreros. Las plumas eran sumamente importante para usarlas en ceremonias rituales que marcaban ascensos de estatus social.

Gracias a sus conocimientos de física los orfebres pudieron emplear varias técnicas en su trabajo (como la de la cera perdida), fundir oro con la plata, etc. Elaboraban todo tipo de figuras y adornos pulseras, collares, pectorales, pendientes. Frecuentemente el metal se combinaba con piedras preciosas (turquesa, amatista, jade, cristal de roca) o con conchas.

Escultura

Los aztecas fueron hábiles escultores. Realizaban esculturas de todos los tamaños, diminutas y colosales. En ellas plasmaban temas religiosos o de la naturaleza. Captaban la esencia de lo que querían representar y luego realizaban sus obras con todo detalle.

En las esculturas de gran tamaño solían representar dioses y reyes. Las de pequeño tamaño se reservaban para la representación de animales y objetos comunes. Se usó la piedra y la madera y, en ocasiones se enriquecían con pintura de colores o incrustaciones de piedras preciosas.

Arquitectura

Se construyeron pirámides escalonadas en Cholula, Xochicalco y Teotihuacán

Xochicalco

Teotihuacán

Cholula

Los templos, las casas y las esculturas estaban pintadas en colores fuertes, naturales.

Religión

Según la mitología de los aztecas el mundo fue creado y destruido cuatro veces.

Luego fue creado por los dioses por quinta vez. El sol, la luna y los seres humanos fueron creados con éxito al principio de la quinta era.

Al llegar los españoles, los aztecas se encuentran en el quinto mundo, condenado a ser destruido por terremotos.

Más tarde y cuando ya estaba hecho el mundo, el dios Quetzalcóatl creó a los hombres y también a las plantas para que les sirvieran de alimento.

Este dios era de los dioses más poderosos de los aztecas y se representaba con la forma de una serpiente emplumada. La serpiente consigue su forma gracias a ser devorada por un águila.

Quetxalcóalt

Tloque nahuaque es el dios padre de las religiones de origen nahuatl; él es el principio creador del todo. El dueño del cerca y del junto, era masculino y femenino.

Fue un dios heredado de la cultura tolteca como casi todos los dioses aztecas.

Los aztecas tenían muchísimos dioses; había un dios para las cada ocasión en la vida. La religión era sumamente importante para ellos . Construyeron templos y en las casas habían pequeños altares, las ceremonias religiosas se celebraban tanto en las casas como en la ciudad.

METZTLI "LA DE LOS CASCABELES EN LA CARA“ diosa de la luna

TLALOC

DIOS DE LA LLUVIA" ERA PATRONO DE LOS CAMPESINOS. ERA UNO DE LOS DIOSES MAS ANTIGUOS

HUITZILOPOCHTLI

Dios de la guerra

Después de la muerte

Los aztecas creían en la vida después de la muerte,

sin embargo este futuro no dependía del comportamiento terrenal, sino de la forma en que se moría. Los soldados muertos en batallas y las víctimas de los sacrificios tenían como recompensa vivir en el imperio del dios solar Huitzilipochtli.

HUITZILOPOCHTLI

Mictlán en la mitología azteca era el nivel inferior de la tierra de los muertos, y se encontraba muy al norte. Los guerreros que morían en el campo de batalla y las mujeres que morían en el parto no iban al Mictlán , estos iban al Ilhuicatl Tonatiuh (Camino del Sol); los "muertos por agua" (ahogados, tocados por un rayo o de hidropesía) iban al Tlalocan y los pequeños muertos antes de nacer regresaban al Chichihuacauhco (Lugar del árbol amamantador).

Para llegar al descanso eterno, se tenía que hacer un duro viaje desde la tierra al Mictlán, pero les ayudaba el guardián del más allá Xólotl (Perro gigante). El Mictlán estaba formado de 9 lugares, 8 tenían retos para los muertos y en el 9 -el más profundo- podían alcanzar el descanso eterno.

El Mictlán tenía nueve dimensiones:

La primera era Apanohuaia : Aquí había un río caudaloso, la única manera de cruzarlo era con ayuda de Xólotl, el cual tenía cara de perro como pueden ver en el dibujo. Si en vida no se había tratado bien a algún perro, el muerto se quedaba en esta dimensión por la eternidad.

El último era Chicunamictlan: Aquí las almas encontraban el descanso anhelado. Era el más profundo de los lugares de los señores de la muerte

Xolotl ,el animal, señor de la estrella de la tarde y del inframundo era el dios del relámpago, los espíritus y además el ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán.

Pero el viaje a Mictlán era peligroso. Los muertos tenían que atravesar un río muy profundo, escalar montañas, pelear con fieras salvajes, etc. Por eso, cuando moría una persona era enterrada con una ofrenda, que consistía en cuchillos de obsidiana, comida y bebida suficiente para el viaje, un perro que los acompañara, y si el muerto era un personaje importante, lo enterraban con algunos sirvientes

En todas las culturas del México antiguo: mayas, olmecas, aztecas, etc. la muerte ocupaba un lugar muy importante. Los antiguos mexicanos, igual que en las culturas europeas y orientales, pensaban que el Espíritu de los hombres era inmortal; esto es, que existía un lugar a donde iban a parar las almas de los muertos. Los aztecas llamaron Mictlán a ese lugar. Rendían culto a los muertos , una tradición que ha perdurado hasta nuestros días ya que el 2 de noviembre en México se celebra festejándolo con calaveras, bailes y comidas, especialmente dulces con forma de carabela. De los aztecas viene el culto a las carabelas que hoy llaman calaca o la catrina.

Los aztecas creían que la muerte y la vida formaban una unidad. Para los pueblos prehispánicos la muerte no era el fin de la existencia, era un camino de transición hacia algo mejor.

La escritura – los códices

Los aztecas inventaron una escritura pictográfica, cuyos signos representaban esquemáticamente, los objetos o sugerían fácilmente la idea de ellos. Esta escritura rudimentaria evolucionó, y algunos signos, poco a poco, adquirieron un valor fonético, es decir, no representaron ya lo que expresaban como dibujo, sino el sonido de las palabras. Esta mezcla de elementos ideográficos con elementos fonéticos complica la interpretación de la escritura de los mexica o aztecas.

Los aztecas escribían sobre largas bandas de tejidos de manguey y de pergamino, con gran detalle y con coloridos brillantes. Así formaron importantes códices, que han llegado hasta nuestros días, aunque no todos han podido ser descifrados.

Códice azteca precolombino

Después de la llegada de los españoles algunos códices como el Mendoza fueron pintados por aztecas y escritos en castellano por escribas españoles.

Los encargados de las ciencias eran los sacerdotes.

Los sacerdotes dirigían la vida intelectual y religiosa de los aztecas. En los grandes templos habían dos sacerdotes principales o quequetzalcoa. A sus órdenes se encontraba otro que administraba la recaudación de los diezmos y que se aseguraba de inculcar la fe a los pueblos recién conquistados.

Solamente en Tenochtitlán habían cinco mil sacerdotes.

Preparación para el sacrificio, Diego Rivera

Las ciencias

Era una de las ciencias de más tradición para los aztecas. Gracias a sus observaciones determinaron con gran precisión las revoluciones del sol, de la luna, de planeta Venus, y, tal vez, de Marte; agruparon las estrellas en constelaciones (que no coinciden con las nuestras); conocieron la existencia de los cometas; la frecuencia de los eclipses de sol y de luna; y pudieron crear dos complejos calendarios.

La astrología

Esta observación del cielo les permitió también desarrollar conocimientos de metereología y así predecir las heladas o establecer las características de los vientos dominantes.

Calendario azteca o piedra del sol

La fecha más importante del calendario azteca

se daba cada 52 años, lapso en que se cumplía un ciclo

mitológico de vida del mundo. Los aztecas se guiaban por ambos calendarios.

El calendario azteca o mexica, fue inventado por los olmeca hace aproximadamente 35,000 años y heredado posteriormente por todas las culturas y etnias de Mesoamérica, incluyendo entre otros a los mayas, zapotecas y aztecas. 

El calendario ritual consistía en 365 días , divididos en 18 meses de 20 días y 5 restantes de mal agüero, considerados funestos.

El calendario sagrado , de uso civil tenía 260 días repartidos en 20 meses de 13 días cada uno.

Cuando llegaba el fin del siglo de 52 años, el sacrificio se hacia en el templo para asegurarse de que volvería a salir el sol. Esa noche los hogares se apagaban, la angustia de que no volviera a salir el sol era tal que la gente se pinchaba para sangrar y así hacer más sacrificios

Las matemáticas

Las ciencias matemáticas a diferencia de la astronomía, eran bastante más elementales. Utilizaban un sistema vigesimal (usando como base el 20) . La unidad se representaba por un circulo, dos decenas con una bandera, cuatrocientas unidades con una figura, y así sucesivamente.

Para medir las tierras, usaban la unidad de medida básica de o las "varas de tierra" o tlalquahuitl. Para referirse a la mitad de una vara usaban el símbolo de una flecha, dos flechas son 1 unidad; cinco corazones son dos unidades y cinco manos son 3 unidades.

Todavía no está claro cuál es el número de estas medidas

La medicina

La medicina también tuvo un gran grado de desarrollo. Con su conocimiento de la naturaleza los aztecas distinguieron propiedades curativas en diversos minerales y plantas. Los sacrificios humanos religiosos (que incluían la extracción del corazón y el desmembramiento del cuerpo) favorecieron un buen conocimiento de anatomía. Sabían curar fracturas y mordeduras de serpientes. Posiblemente hubo "odontólogos" encargados de realizar deformaciones dentales. Aunque la medicina era practicada por hombres y mujeres, parece ser que sólo las mujeres podrían encargarse de ayudar en los partos. La medicina estuvo muy ligada a la magia, pero el hecho de no atribuir la causa científicamente correcta a cada enfermedad no significó que no se aplicase el remedio conveniente.

Médicos curando picadura

Para la enfermedad de la tos será necesario frotarse la garganta con el dedo, y beber el agua de la raíz tlacopópotl, o beber el agua de la raíz que haya estado con cal mezclada con chile, . Del códice Florentino.

Matrimonio

El matrimonio, como todos los actos rituales de los aztecas, seguía cánones bien establecidos. La edad indicada para el hombre eran los entre 20 y 22 años, y para la mujer, 17 o 18. Quienes concertaban el matrimonio eran los padres ayudados por una casamentera, pero los hijos tenían derecho a decidir., es decir tenían que estar de acuerdo. Los del novio solicitaban a la muchacha. El primer intento debía obtener siempre una respuesta negativa en actitud de buenas costumbres; en el segundo se aplazaba la respuesta hasta consultar la voluntad de la novia.

Ya obtenido el consentimiento se señalaba el día de la boda, y cuando llegaba la novia era conducida con gran pompa, entre música y alegría, a la casa del novio.

Una vez casados, los novios tenían que guardar cuatro días castos y rezando.

Ceremonia matrimonial según

el códice Mendoza

La vida diaria y rituales

Vida diaria

La vida familiar

En el códice que aquí vemos podemos observar parte de la vida familiar: Los niños en edades de tres, cuatro, cinco y seis años sirviendo a sus familias con los quehaceres de la casa. Un padre ordena a sus hijos de cinco años a llevar cargas de madera o transportar bienes al lugar del mercado. Una madre le muestra a su hija como sostener la espiral del carretel, el primer paso en las instrucciones de tejedores. La ración para los niños en esta edad es una tortilla.

Códice Mendoza

Aquí el códice describe el castigo dado a los niños que desobedecían a sus padres. Como ejemplo los niños de diez años eran golpeados con ramas.

Aquí se

describe las tareas que los jóvenes estaban supuestos a hacer como adolescentes; tareas como cosechar las aneas, moler maíz, pescar y tejer.

Códices Mendoza

El nacimiento de un hijo. Este códice nos muestra a una madre que se dirige a su hijo colocado en una cuna. Después de cuatro días marcados por rosetones coloreados, una partera prepara el bebé para un baño ritual y una ceremonia para darle el nombre. Los símbolos invocados para un niño consisten en flechas y herramientas de alfarería. Los símbolos invocados para una niña son una escoba, un carretel y una cesta. Tres niños que aparecen a la derecha gritan el nombre del infante

Las ocupaciones que los jóvenes estaban supuestos a seguir.

El servicio militar era obligatorio. Los jóvenes aprendían a luchar acompañando a los guerreros veteranos en campañas y sirviendo como mensajeros para los suministros que ellos necesitarían para sobrevivir en la marcha

Este códice muestra que los castigos por embriaguez pública, el robo, el adulterio y otras desviaciones sociales eran severas y normalmente se apedreaba a los culpables

Ordinariamente la embriaguez era prohibida en las sociedades aztecas, pero una vez que el hombre o la mujer alcanzaban la edad de setenta años, ellos tenían derecho a beber en su tiempo libre, después de una vida de trabajo duro

El baño formaba parte de la vida cotidiana de los aztecas, tanto para mantenerse limpios como para purificarse. Prácticamente todas las casas aztecas tenían adosado a un costado un baño de vapor. La casa de baños era un edificio pequeño calentado por un fuego. Cuando se arrojaba agua a las paredes calientes del interior la habitación se llenaba de vapor.

Los aztecas se bañaban varias veces al día.

La higiene diaria

Cuando llegaron los conquistadores a América los indígenas se sorprendieron del mal olor que traían los conquistadores pues los indígenas estaban acostumbrados a la higiene y a ducharse varias veces al día. En Europa precisamente en la edad media no había tanta higiene.

La vestimenta

La vestimenta era muy sencilla. Los hombres usaban un taparrabos llamado maxtlalt y de un tilmatli o especie de manta blanca salvo la del Huey que era color verde turquesa y la de los sacerdotes que era negra. El traje de las mujeres se llamaba cueitl y de una blusa llamada huipilli. El uso de calzado fue extraño y reservado a momentos de fiesta, ya que entre los mexicas se usaban sandalias hechas de caña de petate, el cual no dura mucho bajo el pie, se cree popularmente que existían calzados de cuero, pero la técnica de curado de la piel que conocían los mexicas era muy básica y producía cueros esponjosos que se gastaban con rapidez, por lo que de este material lo poseían los principales señores, los cuales los adornaban con plumas, laminas de oro y telas pintadas

El ocio

El juego más popular era el de la pelota. Una pelota de hule que había que colocar en campo contrario y también pasar por una especie de arco. Se podía tocar con cualquiera parte del cuerpo excepto con los pies. Los jugadores iban provistos de protectores de piel.

Aparte del Patolli que era un juego parecido al parchís nuestro existían otros juegos de menor importancia como un juego de damas con piezas blancas y negras, otro parecido a nuestro bolos.

Las cacerías eran muy populares, a las aves las tiraban con cerbatanas y bolitas de barro, de esta manera podía usar sus plumas sin mancharlas de sangre. A los que mataban una pieza en una cacería recibían un regalo del emperador.

La alimentación

El pueblo comía poco, básicamente tortilla de maíz, fríjoles , chía, tomates y chiles. Del maíz se aprovechaba todo, las pencas e incluso los gusanos que criaba El pueblo comía solo dos veces al día a diferencia de los ricos que hacían tres comidas.

Cómo es lógico los nobles o pipitlines tenían sus grandes banquetes.

Comían poca carne ya que solo criaban perros y pavos, estos últimos mucho más apreciados que el perro.

Indispensable y muy popular era la bebida de chocolate o cacao que importaban del norte de Centroamérica. Lo tomaban amargo ya que no conocían el azúcar y algunas veces le ponían miel de abeja y ají picante.

El maíz, fue domesticado en México desde el 7000 aC Era el alimento básico. Entre las fiestas más importantes estaba la del maíz, base de la alimentación.

Mujer azteca espumando cacao

La Triple Alianza ( Ēxcān Tlahtolōyān, en náhuatl) fue la última confederación de estados indígenas del valle de México, conformada por México-Tenochtitlan, Tetzcuco (castellanizado como Texcoco) y Tlacopan. La confederación tenía como objetivo derrotar al impero de Azcapotzalco y al lograrlo en una histórica batalla por parte de estos tres señoríos en 1430

La triple alianza

Para los aztecas la religión y los sacrificios estaban sumamente ligados. Los aztecas creían que el mundo se mantenía vivo gracias a la sangre de los sacrificios humanos. De esta manera los dioses recibían su tributo.

Las víctimas de los sacrificios por lo general eran prisioneros de guerra, esclavos comprados para

este fin o incluso personas que se ofrecían voluntariamente, ya que una muerte así aseguraba una feliz vida eterna. Había meses consagrados al sacrificio de niños que eran llevados a las cumbres de los montes, adornados con plumajes y guirnaldas; sus sacrificadores los acompañaban tañendo instrumentos musicales, cantando y bailando

Sacrificios

Existía el canibalismo pero practicado sólo por los nobles y de un modo muy controlado. De hecho uno de los bocados favoritos eran la palma de las manos.

Las víctimas eran colocadas sobre

el altar de sacrificios, a la que llegaba vestidos con las vestimentas y adornos del dios para el que se hacía el sacrificio. Una vez depositado sobre dicha piedra, cuatro sacerdotes sostenían cada una de las

extremidades de la víctima y un quinto le abría el

pecho con un cuchillo de piedra y le sacaba el

corazón, que luego era quemado en una urna de piedra

El canibalismo

El canibalismo estaba patrocinado por el estado, la religión y posiblemente por la falta de proteínas. Los aztecas avanzaban sobre sus enemigos cazando presas de alimento. Sin embargo en muy raras ocasiones se sacrificaban mujeres. Unas fuentes dicen que este canibalismo fue debido a la hambruna producida por las guerras y las sequías.

En muchas culturas se ha practicado la muerte como espectáculo ( Roma y los gladiadores, por dar un ejemplo) pero en muy pocas el espectáculo consistía en sacrificios humanos casi a diario. Dicen las crónicas que podían llegar a sacrificar miles en un solo día. Algunos historiadores están de acuerdo con que existió el canibalismo institucional como necesidad proteica .

El ecosistema no proveía proteína animal, muy poca y la vegetal era insuficiente. Se dice que los ancianos, después de un sacrificio, reclamaban las partes del cuerpo que luego cocinaban, el tronco era arrojado a los mamíferos del zoológico.

El sacrificio y el canibalismo inició en Mesoamérica hace 2,500 años o tal vez antes.

Ese año, según las crónicas indígenas, suceden una larga serie de desgracias, comenzando por una intensa nevada que heló las tierras y destruyó muchas casas. Le siguió una epidemia y una larga hambruna, tan excesiva que muchos vendieron a sus hijos a trueque de maíz en las provincias de Totonapan.

Guerras Floridas

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Uno de los aspectos más llamativos de la cultura azteca es el sacrificio de prisioneros a los dioses que se realizaba en el Templo Mayor de México. Para proveerse de los miles de prisioneros necesarios para los sacrificios los aztecas establecieron un sistema de intercambio con sus enemigos. Puesto que los sacrificados debían ser prisioneros capturados en combate, las tres ciudades de la Triple Alianza -México-Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan- acordaba celebrar guerras periódicas con sus enemigos, las ciudades de Tlaxcala, Cholula y Huexotzin Estas guerras, llamadas Guerras Floridas, parecen tener su origen hacia 1450 un año de desgracias y hambre.

Los sacerdotes y sátrapas de los templos de México dijeron que los dioses estaban indignados contra el imperio y que para aplacarlos convenía sacrificar muchos hombres y que esto se debía de hacer periódicamente, de manera que se establecieron campos para las batallas. El concepto de estas guerras no era conquistar tierras. Era llevar a los altares para sacrificio a cuantos más mejor.

Los aztecas asumieron el papel de ser los salvadores de la humanidad. A base de sacrificios el sol saldría diariamente

El fin del imperio azteca

Los aztecas no entendieron la forma de luchar de los españoles que mataban en combate, mientras que ellos solo se los llevaban prisioneros. Esta fue una de las causas de la derrota del imperio azteca. Otra razón fue la disminución de guerreros y jóvenes que eran sacrificados y como resultado la falta de mano de obra para cultivar las tierras para producir comestibles para los gobernadores. Para los aztecas el mundo se iba a acabar pronto.

Según la tradición mexica, funestos presagios (iluminaciones del cielo, incendios inexplicables) anunciaron una terrible catástrofe. Muy religiosos, Moctezuma y sus consejeros quedaron muy impresionados por el hecho de que el año uno-junco (para ellos), es decir, 1519, coincidiera con la fecha que, al presentarse cada 52 años, podía significar el retorno de la Serpiente de Plumas, según el mito de Quetzalcóatl. Y, para ellos, Cortés era el dios que regresaba.

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